domingo, 17 de marzo de 2013

Chucho "a su manera"

Hace unos días me enteré de que Chucho volvía a dar un concierto en Málaga. En la Sala María Cristina. Y no lo dudé: tenía que ir, estuviera de salud como estuviera (como muchos sabéis, yo llevaba unos días muy, muy chunga. Pero aunque estuviera agonizante no me lo hubiera perdido). Obligatorio.

Así que fuimos el pasado jueves (en este caso, Dani se ha librado, y ha venido conmigo mi madre, que está aquí de visita unos días), con tiempo, aunque no tanto como hubiera querido porque algo tenía que descansar antes. Iba con un poco de ansia porque creí que íbamos a quedarnos sin entradas: sólo se vendían a partir de una hora antes del concierto en la misma taquilla, e imaginé que habría cola antes de que la abrieran. Pero no sólo no ha llenado, sino que hemos podido sentarnos en primera fila. ¿Qué os ha pasado, malagueños?


Según el programa, el repertorio incluía a Bach, Beethoven, Chopin, Albéniz, Lecuona, Debussy, Korsakov, Gershwin, Ellington y Bebo. Todos ellos versionados por Chucho Valdés. Como le han presentado, el pianista más grande en activo. Estoy completamente de acuerdo: te hace vivir la música, incluso a los clásicos, cuya partitura no suele variar entre uno y otro intérprete, y a los que estamos más que acostumbrados a oír, les da su toque, ese toque que hace que la música esté viva y que tanto me gusta.

En el repertorio, como homenaje al nuevo Papa, ha incluido un tango: "El día que me quieras". Delicioso.

Esta vez no he podido ver sus manos, como me gusta por el vértigo que produce; pero sí sentir la música, muchas veces aceleradísima en los agudos y más lenta, muchísimo más en los graves, te da una idea de la maestría de este hombre, aunque no sepas tocar el piano ni entiendas demasiado de música.

Con dejarte llevar, cerrar los ojos y vibrar con su música, tienes un rato de disfrute garantizado.

Me gustaría destacar alguna de las piezas, pero es que cada una tenía su "aquél", cada una en su medida ha sido fascinante.

La sala en que actuó también merece mención aparte: un edificio del siglo XV precioso, con las paredes de mármol y unos frescos en el techo divinos. Merece la pena ir a verla.

Ha sido, en fin, un concierto maravilloso. Quizá no tanto como el que ofreció hace casi un año en Alhaurín de la Torre, después del que me costó mucho dormir por cómo se apoderó la música de mí. Pero más que "no tan maravilloso" ha sido... diferente: menos vibrante, pero delicioso. No me canso de escucharle, especialmente en directo.

Espero tener pronto una nueva oportunidad de asistir a otro de sus recitales.

domingo, 10 de marzo de 2013

Ordeno y mando



El relato chirría un poco por lo inverosímil de la historia. Pero, aún así, engancha. Mucho. Tanto, que tuve que leérmelo de una sentada, aunque terminé a una hora indecente de la madrugada.


Si no me equivoco, es el primer texto sin tintes autobiográficos que le leo a Amèlie Nothomb. Y no sólo eso, sino que se mete en la piel de un hombre, de, eso sí, la misma edad que la autora. Entre la primera persona narrativa masculina y lo rarísimo, casi descabellado, de las situaciones que describe, más de una vez pensé que me debía haber equivocado al sacarlo de la pila, debía haber cogido uno de Frédéric Beigbeder, pues desprende cierto aroma a los libros que he leído de este otro autor.


Pero, a pesar de lo raro de las situaciones y de sus resoluciones más que fantasiosas, me ha gustado, y he disfrutado leyéndolo.

La historia empieza en una cena, en la que otro invitado le dice a Baptiste Bordave, el protagonista, que "si un invitado muere repentinamente en su casa, sobre todo no avise a la policía". A partir de ahí, Baptiste se ve envuelto en una espiral de sucesos casi paranormales (que no quedan todos bien explicados, todo hay que decirlo) que le llevan a un cambio radical de vida.

No es, ni de lejos, el libro que más me ha gustado de la Nothomb, pero debo reconocer que no he podido parar de leerlo. Aunque espero que la próxima historia que caiga en mis manos esté mejor cerrada.

Los funerales de la esperanza


Siguiendo con la colección "Mini letras", que me ha ayudado a mantener la cuota de autoras sin traducir en mi pila hasta que he podido ir reponiendo, le ha llegado el turno a una de mis autoras favoritas (cuando escribe ficción... sus artículos en prensa no me seducen demasiado): Rosa Regás.

Se recogen aquí, como en otros volúmenes (por decir algo, pero más bien se les puede llamar cuadernillos) de la misma colección, tres relatos de la autora.

El que más me ha gustado, con diferencia, ha sido el primero, que da título al cuadernillo: "Los funerales de la esperanza".
Habla en él de la desdichada vida de una mujer que, desde la Guerra Civil hasta nuestros días, repasa ese periodo de nuestra reciente historia a través de la fantasía de la protagonista por el vestido que elegiría llegado el momento de su esperanza: el funeral de su marido.
Me ha gustado mucho cómo repasa los sueños de las mujeres en esas décadas a través de los personajes femeninos famosos, quienes les hacían soñar ya no con llegar a ser como ellas, sino con poder vestir, aunque sólo fuera una vez en la vida, como sus ídolos.

El segundo relato, "La casa", es, más que una narración, una reflexión sobre lo que puede llegar a ser una casa para su habitante, la importancia de planificarla y soñarla en función de la vida que se quiere llevar mientras se habite, y cómo puede influir el no hacerlo en nuestra vida.

El tercero, "El sombrero veneciano", también relato, es el que menos me ha gustado, porque me ha parecido poco elaborado: unos hechos muy concretos, pero con intenciones muy someramente plasmadas. No todos los grandes autores pueden ser maravillosos siempre.

martes, 5 de marzo de 2013

Perdonad que me queje


Permitidme ser hoy yo quien se queje.

Permitid que, entre una queja y otra de las vuestras, de vuestra gripe, de vuestra depresión porque es martes, de vuestro hastío de los atascos, cuele una mía. Porque necesito quejarme. Necesito expresar y hacer saber que yo también estoy hartita. Hartita de vomitar a todas horas, de levantarme por la mañana (sí, a la hora que me dé la gana) porque no aguanto más tumbada, porque el dolor de cadera, de rodillas y de hombros no me deja seguir durmiendo, a pesar de que, aunque me acosté relativamente tempranito, no he dormido casi (¡y me he levantado a las 11! ¡Un martes!). Me costó coger el sueño, leí casi 100 páginas hasta que pude conciliarlo. Una vez conciliado, me desperté de madrugada, porque me dolían las rodillas de tal forma que no podía seguir durmiendo. Tuve que levantarme a dar un paseo, estirar un poco las piernas, y después volver a leer mientras volvía a coger el sueño. Pude volver a dormirme, y un par de horas después, me desperté con sudores: una pesadilla. La morfina es lo que tiene, que cuando estás despierta tienes alucinaciones (especialmente de noche) y cuando duermes, esas alucinaciones se siguen produciendo en tu mente, pero en forma de sueño. Bueno, de pesadilla más bien. Aún así, pude relajarme. Después de otro paseo, claro. Cuando me acosté, sentí que el mundo se vertía: empecé a marearme de tal forma que tuve que abrazarme a Dani. Eso me ayudó, me tranquilizó. Y me permitió volver a coger el sueño con algo menos de miedo a que se repitiera la pesadilla. Quizá volviera, pero me estaban abrazando… Parece una tontería, pero da seguridad. Permitidme también quejarme porque, al despertar ya por la mañana, no sólo me dolía la cadera, las rodillas y los hombros: prácticamente no podía abrir el ojo izquierdo. Cualquier atisbo de claridad me provocaba un dolor tremendo, y sigo así. He tenido que hacerme un parche casero con un guante de lana y una goma del pelo. Parezco un pirata cutre. Pero bueno, algo me consuela el calorcito que me proporciona. Y evita que la claridad me deslumbre. Algún ratito me he quitado el parche, porque es muy incómodo. Y he comprobado que veo bastante peor por ese ojo: ya está en marcha la “degeneración”. Ya estoy perdiendo visión. Al igual que está en marcha el anquilosamiento, me estoy encorvando cual Igor, y mis extremidades, especialmente cadera y hombros, tienen menos grados en el arco de movilidad que tenía antes. Antes. Cuando estaba bien. 
Cuando sólo tenía dolor. Por no tener, no tenía ni diagnóstico. También está en marcha la transformación de mis manos: ¿habéis visto las representaciones que se suelen hacer de las manos de las brujas, todas torcidas, escamosas y con ampollas (perdón, ampichas)? Pues así se me están quedando. Eso sí: con las uñas siempre pintadas, que la coquetería no perdona. La coquetería intenta aceptar lo que hay, lo que está viniendo, pero le cuesta.

En fin: perdonad toda esta ristra de desgracias, pero necesitaba vomitarlas, al igual que he vomitado el desayuno, y la cena de anoche. 
Pero es que yo también necesitaba quejarme hoy.

lunes, 4 de marzo de 2013

Excusas para no pensar

No sigo especialmente a Punset. De hecho, creo que sólo he visto una vez su programa, y ha sido en televisión a la carta (su horario de emisión coincide con "Salvados" y no suelo perdérmelo... Además, no sabía ni cuándo se emitía: no veo demasiado la tele). Fue, por supuesto, un programa en el que hablaba sobre el bienestar animal, no hace demasiado.

Me compré este libro por curiosidad.
Y me ha gustado bastante, a pesar de que el texto no me ha parecido que se corresponda demasiado con el título ni casi con el subtítulo (aunque sí con
la reseña de la contraportada). 

Como digo, me ha gustado bastante la experiencia: va de lo global a lo concreto. Empieza hablando del universo, del big bang. Es decir: empieza por el principio. Después llega hasta nuestro planeta, el megacontinente Pangea, el origen de la vida por aquí y de los homínidos... Y va desglosando información científica, pero explicada muy llanamente, para que hasta mentes como la mía lo entiendan y asimilen.

A partir de la segunda mitad del libro llega a la actualidad, habla de la actual crisis, del poco caso que los políticos hacen a las expericencias científicas (filosóficas, sociológicas, biológicas, psicológicas...) y lo mucho que podrían ayudar en la solución. Pero creo, humildemente, que es porque simplemente no les interesa, de momento, que se solucione.

De vez en cuando me gusta leer algo de ensayo, o divulgación, no sólo ficción, y me gusta que me pongan fácil la lectura: me echa mucho para atrás cuando se utilizan muchos tecnicismos que no se explican y que, para seguir el texto, tengo que investigar por mi cuenta. Así que quizá repita con el autor.

Especialmente me ha gustado la parte dedicada a la educación: me ha resultado instructiva e interesante, incluso he sacado alguna idea para, sin churrumbeles ni nada, aplicar en mi vida para solucionar algún conflicto.

Las personas incorrectas

Quizá el título no sea el más adecuado para el tema del que quiero hablar... En realidad, no hay personas "correctas" o "incorrectas" (salvo políticamente hablando): hay gente en nuestra vida que concuerda más con lo que queremos que nos rodee, o quienes concuerdan menos. Lo sepamos o no. A veces, esas personas ocultan deliberadamente sus intenciones, o su verdadero fondo. Otras, simplemente, no nos damos cuenta en un tiempo largo.

Periódicamente casi todos hacemos "limpieza" de entorno social, y estas personas "incorrectas" suelen quedar fuera. Esas limpiezas, en muchísimos casos, coinciden con una reciente mala racha: es en las malas cuando sabemos quién está a nuestro lado, y quién está sólo al suyo pero le conviene tenernos cerca. Es un hecho sabido.

No es que me haya dado el rollo emo, para nada: es algo de lo que soy consciente hace mucho tiempo. Pero quizá sí influya en que, últimamente, es un tema del que hablo más a menudo, porque, como muchos sabéis, ésta es mi época mala.
En lo que a mi experiencia se refiere, cuando la gente se entera de que tienes una enfermedad degenerativa, chunga... todo son carantoñas, "pobrecita"s y otros varios.
En redpacientes.com, una red social para pacientes y familiares de diversas enfermedades, colgaron esta viñeta de el 7 azul. Muy ilustrativa.


Pero eso no es amistad: amistad es, aunque sea pesado, tras uno, y otro, y otro, y otro brote, seguir ahí. Eso no es fácil. No es cómodo. Amistad es, como me están demostrando en esta racha chunga algunas personas que están cerca físicamente, venir a verme (aunque probablemente preferirían que fuera yo a verlas, o que quedásemos por ahí); pero, antes de venir, preguntarme si estoy para visitas. Y, los días que no vienen (que son muchos), y las personas que están, pero físicamente a bastantes kilómetros, hacerme llegar su cariño e interés de una u otra forma (que hoy en día tenemos unas cuantas a nuestra disposición): teléfono, correo, whatsapp... La verdad es que están consiguiendo conmoverme. Mucha gente dice, tras un bache, que no sabía que tuviera tan pocos amigos. Yo, gracias a Dios, puedo decir que no sabía que tuviera tantos (aunque siempre hay sorpresas en uno u otro sentido).

Tengo una amiga especial, además, que me cuida y no me deja a sol ni a sombra: Mariana.
Mis otras dos chicas también me cuidan, y muy bien además, pero lo de Mariana es exagerado.

Pero, dejando a un lado esta experiencia personal, como quería decir desde un principio (que hay que ver qué facilidad tengo para enrollarme), a veces nos rodeamos de gente "tóxica". Gente que, simplemente, es de una forma muy distinta a lo que queremos cerca, y no siempre es fácil darse cuenta. No sólo se trata de "estar ahí" a las malas. También está la conversación interesante, la "energía" (o como se quiera llamar) que transmite cada cual (todos sabemos que hay personas con las que, después de tomarse un café, se le quitan a uno hasta las ganas de vivir, y otras que motivan, que animan, que despiertan inquietudes creativas)... Eso ya cada uno decide: hay quien prefiere rodearse de personas que estén puestísimas en política, o de gente marchosísima, o de gente puestísima en los últimos cotilleos del barrio, o del ¡Hola!, o de triunfadores profesionales...

En los últimos años debo reconocer mi mal ojo para las compañías. No en todos los casos, afortunadamente. Pero una gran mayoría de la gente de la que me he rodeado no era lo que quería tener alrededor. Pero las circunstancias (el no tener mucha opción de tratar con más gente y, no sólo comparar, sino quizá ver qué era lo que sí quería cerca) me lo han puesto difícil. No quiero decir que me haya agarrado a un clavo ardiendo: no me importa tanto estar sola como para pagar el precio de estar "mal acompañada".

Curiosamente, mientras escribía esta entrada, un amigo (de esos a los que aprecio pero con quien el contacto casi se limita a redes sociales, y no sé por qué) ha puesto un enlace en Facebook que viene bastante bien al caso, aquí os lo dejo por si queréis echar un ojo.

Pero he personalizado demasiado, quizá. No era lo que pretendía. En realidad, se me ocurrió escribir esta entrada después de hablar con un par de personas a las que aprecio bastante y que ahora no están en su mejor momento. Y, por supuesto, ha salido el tema. Es, además, más difícil de digerir cuando estás con las defensas bajas por un problema, el hecho de que, aquellos a quienes creías, si no amigos, al menos gente cercana, no estén "ahí": ibas a apoyarte en una mesa a la que le falta una pata. Pero, por la experiencia personal de la que he hablado más arriba, después del primer trago (malo) suele convertirse en algo positivo: es importante saber con quién se puede contar en las malas. En las buenas, es sabido que con casi todo el mundo.

Mientras escribo esto, aunque no ilustra específicamente lo que quiero decir, he recordado una fábula de Samaniego que nos hicieron leer en el colegio: Los dos amigos y el oso.

sábado, 2 de marzo de 2013

Cómo nos condicionan las lecturas

...sobre todo, a la hora de escribir.


No estoy descubriendo América, ya lo sé. Pero me está resultando especialmente evidente desde que empecé con el desafío.


El día que comencé, con muy buen pie además, lo hice con un relatito. La inspiración la saqué de la vida real, pero me gustó cómo me quedó el cuento. Estaba en esos días leyendo "El libro de los viajes equivocados", de estupendos relatos.
Lo terminé pronto, y el siguiente en mi pila es con el que aún estoy: "Excusas para no pensar"; de Eduardo Punset. Esta lectura, más cercana al ensayo (se trata de divulgación científica), me está aportando y gustando muchísimo, pero inspirando poco-poquísimo. Nada, más bien. Tanto es así que, desde que estoy con él, soy capaz de escribir, pero rara vez me alejo del escrito tipo diario, fantasioso en algunas ocasiones, pero me cuesta alejarme de la primera persona narrativa. Y también me cuesta mucho encontrar una inspiración válida, saber sobre qué escribir, inventar algo.

Ayer empecé, forzándome, con un relato. Pero me está costando. Y en el resultado se nota mucho que estoy forzando la inspiración. Ni siquiera sé si lo terminaré, porque tengo algunos puntos claves muy difusos... pero lo estoy intentando. Quizá lo complete con más facilidad cuando pase a mi siguiente lectura (en la pila le toca el turno a "Las aventuras imprescindibles" de Sherlock Holmes).

Otra cuestión que condicionan mis lecturas es la lectura en sí. Me explico: suelo tener "en activo" 3 libros a la vez: el principal, que suele ser novela, relatos o ensayo; el de los paseos nocturnos, que suele ser poesía; y el de "la pila B", que suele ser cómic.
Del libro principal a los demás el cambio no suele ser difícil. Del cómic al libro principal... bueno, depende del libro, y del cómic. Pero tampoco me cuesta demasiado. Pero cuando paso del libro de poesía a cualquiera de los otros dos, mi mente busca, durante un buen rato, los cambios de verso, la posible rima... y claro, así centrarse en el contenido es complicado. Leer en verso me gusta, me encanta. Y, cuando puedo escribir en verso, disfruto como una marrana (qué poético). Pero pasar de ese esquema mental de lectura o escritura a la lectura en prosa no poética, si lo hago inmediatamente (como suele ser: cuando termino mis paseos nocturnos, no suelo conciliar el sueño con facilidad, así que leo el libro principal un ratito), me cuesta.

Será que soy bicho raro hasta para esto.