martes, 4 de febrero de 2014

Arrugas

Quiso la casualidad que empezara la lectura de este cómic, al que tenía ganas hace tiempo, justo el día que emitían la película que se hizo basándose en él. En la 2, si no me equivoco.
Ahora también tengo pendiente la película. No sé cómo la habrán enfocado, si habrá sido muy fielmente o con un tono dramático más acusado. Espero que no me defraude.

El sabor que me ha dejado esta lectura es agridulce. Agrio por, evidentemente, la dura realidad que relata. Que sigue ocurriendo. Y que, sólo quizá, nos llegue a alguno. Dulce por el cariño y hasta humor tierno con el que está tratado un tema tan duro.
Es lo que más ha llamado mi atención en esta lectura: el trato que da el autor a algo que los demás vemos como dramático. Quizá sea porque lo escribió desde el cariño. Según declara, lo escribió por sus padres.
Se dio cuenta, durante un encargo laboral, de que los ancianos eran borrados, eliminados, invisibles pero porque no se les quiere ver. Algo parecido a lo que sucede con los discapacitados.

No dejaba de recordar, durante la lectura, esa frase de Terry Pratchett que dice que "Dentro de cada anciano hay un joven preguntándose qué demonios ha pasado".
Todos (al menos, los supervivientes) envejecemos. Y maduramos. Pero, a medida que el envejecimiento va avanzando, la maduración se va atascando: una vez hemos formado lo que somos, lo que pensamos, lo que creemos... se estabiliza dentro de nosotros y nos define. Y así seguimos, por regla general. Con algún cambio sutil, pero poco determinante. Sin embargo, el envoltorio sí va envejeciendo, perdiendo agilidad, elasticidad, ganando en achaques... En ese envoltorio está incluido el cerebro. Es algo así como que lo que somos es nuestra "alma" (o como quiera llamarlo cada quien) y el cuerpo, con cerebro incluido, es nuestra forma, simplemente. Almacena nuestros recuerdos, como cicatrices en los brazos o como el vídeo de nuestro 9º cumpleaños en un CD. Y cuando llegan los achaques al "disco duro"... Empiezan las contradicciones más fuertes entre ambas partes.

En el caso de ese monstruo, el Alzheimer, al que (creo) todos tememos, o de cualquier tipo de demencia senil, la realidad adquiere un tinte muy negro. Para quien lo padece (¡qué miedo, qué desconcierto se debe sentir!) y para su entorno. Y ahí entran las residencias.
Hace mucho tiempo trabajé en una. De lujo, se suponía. Y lo que vi fue terrible. Nunca había comprendido la negativa de irse a una residencia llegada una edad: facilitan tu vida y la de los tuyos, te dan cuidados físicos (neurología, rehabilitación, enfermería...). Pero no tenía en cuenta que no deja de ser un negocio. Que cuanta menos guerra den "los abuelitos", menor inversión. Que, si los familiares que los visitan (si es que los visitan) les ven tranquilos, piensan que están bien cuidados. No que están hasta arriba de Orfidal.
De aquella época recuerdo con especial cariño a Doña Aleida. Una abuelita dulce, siempre sonriente, siempre bien arregladita, cuya única obsesión era enterarse la primera del menú del día. Tenía pinta de haber sido una mujer culta, inquieta. Y todo se redujo a enterarse la primera del menú del día, cada día. Qué terror, ¿no?

Como en todos los campos científicos, la geriatría y la neurología avanzan a pasos agigantados (en los países que invierten en I+D). Espero que pronto den con la solución para esta enfermedad, para quien la quiera. No dejo de pensar que, en algunos casos, el Alzheimer debe ser hasta bueno: recordar la infancia, la juventud, la parte buena de la vida... Y no ser consciente de que has tenido hijos que no van a verte, o de todo lo malo que te ha ido sucediendo en los últimos años. Ni siquiera ser consciente de que estás en una residencia. No dudo que habrá algún caso que quiera que le dejen ahí, calentito.

martes, 21 de enero de 2014

Opiniones

Todos sabemos eso de que "son como los culos": todo el mundo tiene una, y cree que es la más importante.
Hace tiempo que quiero escribir sobre este tema (para desfogarme, para plasmarlo en palabras y así intentar comprenderlo mejor, como siempre), y últimamente cada vez más, pero antes de hablar de esto, quería comentar el tema de los ombligos, que llevaba barruntando hace tiempo también, y está bastante relacionado.

A pesar de la supuesta libertad de expresión y opinión, no siempre se respeta el derecho a opinar y argumentar. Y no hablo de la ley, sino del día a día. Es algo que llevo observando bastante tiempo. No sólo públicamente (en el Congreso, en la televisión, en tertulias de radio...) sino entre "particulares", en conversaciones de temas calientes con amigos, en foros de opinión, incluso en blogs o páginas de noticias que admiten comentarios.
Últimamente esto se ha hecho más patente: la actualidad, especialmente política, lo pone en bandeja. Uno de los temas que más ampichas está levantando es la nueva ley del aborto que pretenden aprobar.
En un blog que hablaba acerca de ello, he llegado a leer un comentario en el que a alguien, por decir que estaba en contra del aborto, se le ha llamado de fascista en adelante. Incluso he leído, a personas de una u otra idea, decir a quien pensaba de la forma "contraria" que gente así no debería existir, y deberían morir. Lo peor es que me ha dado la sensación de que REALMENTE desean esas muertes. O, al menos, si no tanto, sí que les gustaría que no existiesen personas que piensen de esa "otra" manera.
A este respecto recuerdo que, al leer un comentario sobre este tema, se me alzó una ceja... Alguien que se autoproclamaba "provida" decía que todas las que iban a abortar deberían morir en la operación. Aún no lo he digerido, creo que hay algo que no entendí.

Hasta tal punto llega nuestro fanatismo (y hablo en segunda persona del plural porque también hay temas con los que yo me obceco), que llegamos a la maldad: he escuchado algunos comentarios sobre el cáncer de Pedro Zerolo o los que, en su día, provocaron el accidente de Cristina Cifuentes o el accidentado vuelo en helicóptero de Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy que me han hecho sentir vergüenza ajena, por decirlo suavemente. Alegrarse de algo así, sólo porque le ha ocurrido a alguien que tiene una ideología diferente a la tuya, lo siento, pero es maldad. No es de recibo. Desea que se retiren de la política, que se dediquen a otra cosa... Pero no un cáncer o la muerte. No. Eso es cruzar un límite muy chungo.

Pero esto no sólo ocurre hablando del aborto: cualquier tema que levante pasiones (religión, temas políticos, incluso fútbol...) puede hacernos decir auténticas barbaridades, que no sé si expresan lo que realmente sentimos o pensamos, o son fruto del calentón del momento. Espero, de corazón, que sea esto último.

Esta "censura" llega hasta el punto de que si, en una conversación de cualquiera de estos temas entre amigos, se da el caso, por ejemplo, de que estás de acuerdo con lo que ha dicho un personaje público, pero la mayoría no... Es mejor que te calles mientras todos le ponen a parir, salvo que quieras ser lapidado, incluso perder amistades. ¿Estamos tontos o qué?

Hay algo que me reconcome especialmente, y está basado en mi experiencia personal. Espero que se deba sólo a que he tenido mala suerte, y no sea lo habitual. Salvo algún "extraviao", por lo general, los defensores de la libertad de una mujer a la hora de decidir un aborto son los defensores de las libertades en general. La de opinión incluida. Pero se ve que no.  Al menos, insisto, según mi experiencia.
En algunas conversaciones en las que he participado, o que simplemente he podido presenciar, sobre algún tema espinoso, en las que había tanto defensores como detractores de un determinado punto de vista, los más intransigentes eran los "liberales". También se da el caso de personas conservadoras con esta cerrazón, pero me llama mucho más la atención de alguien que se define como liberal. Incluso, cerca de mí hay gente con esta orientación ideológica que no se relaciona con X persona porque "son cerriles" (vamos, que no se han dejado convencer de su punto de vista), incluso "son unos fachas" (traducción: tienen una forma de ver las cosas más conservadora). Ellos pierden. Sobre todo, por esa negativa a no sólo respetar, sino estar abiertos a que cierta forma de ver o hacer las cosas no sólo es posible, sino en algunos casos quizá sea más efectiva que la que ellos propondrían.

Por lo general, me gusta presenciar, incluso participar, en discusiones respetuosas sobre temas "calientes": en ellas se aprende mucho, sobre todo si participan personas bien informadas del tema que se trate. Además, me ayudan a formar mi propia opinión respecto a algunos temas (tengo un buen cacao ideológico: no me siento "liberal" ni "conservadora". En algunos casos creo que unos tienen razón, y en otros creo que lo que dice la otra parte se acerca más a lo que yo pienso). Pero pocas veces tengo esta oportunidad. Enseguida salen los "facha", los "rojo"... y en ese momento me doy por vencida: no voy a tener la oportunidad de escuchar puntos de vista razonados e interesantes (esté de acuerdo con ellos o no).

jueves, 16 de enero de 2014

Ácido sulfúrico

Nueva sacudida. Salvo con "Biografía del hambre", en distintos grados cada libro que he leído de Nothomb ha sido un zarandeo mental.

Éste no es el primero en el que, con la excusa de una historia aparentemente lineal, toca temas de lo más variopintos, la mayoría de ellos, de los que nos afectan de cerca al
común de los mortales. 
Algo así como Carmen Martín-Gaite pero a lo bruto.

De hecho, en "Ácido sulfúrico" se explaya.
La historia en sí habla de "Concentración", un reality-show bastante radical, con unos límites demasiado amplios. Recrea un campo de trabajos forzados nazi. Para que resulte más creíble, los "concursantes" no lo son voluntariamente. Y las penas de muerte son reales. Los vigilantes, llamados aquí kapos, sí están allí voluntariamente.
Es el experimento de Milgram llevado a televisión.
No hay duda de que el poder emborracha. Nos hace sentirnos superiores. Un humano superior a otro. Un humano "vale más" que otro. Qué estupidez ¿verdad?
Como no podía ser de otra manera, bate récords de audiencia.

Incluso los espectadores tienen aquí un papel. No únicamente pasivo, que ya de por sí plantea un dilema moral: ¿ver este programa? ¿colaborar aumentando su audiencia? ¿ser capaz, incluso, de disfrutar viéndolo?
Así que, ¿quién es más responsable moralmente de la existencia y del éxito de este programa? ¿Los espectadores por verlo? ¿Los organizadores por idearlo y producirlo? ¿Los que participan voluntariamente como kapos, cámaras o realizadores? ¿El Gobierno por permitirlo?
Obviamente hace referencia exagerada a los realitys tipo Gran Hermano, incluso a ciertos programas "rosas". ¿Quién es el culpable del éxito de estos programas? ¿Quién el responsable moral último? ¿Quizá "la mayoría silenciosa" que no hace nada por impedir que ocurra, que, aunque horrorizada por lo que ve, se sienta delante de la tele?

Pero en estas no llega a 200 páginas la autora toca, también, otros temas peliagudos. Buena parte de ellos relacionados con "la culpa". ¿De quién es?

A pesar de datar de 2005, las referencias a la crisis económica, política y, según algunos, también de valores que nos está azotando actualmente está omnipresente en este libro. O quizá es que yo lo he querido ver así, estoy condicionada.
Las palabras con las que empieza han traído a mi mente esta situación, en concreto me han hecho pensar en la polémica Ley Mordaza:
"Llegó el momento en que el sufrimiento de los demás ya no les bastó: tuvieron que convertirlo en espectáculo.
No era necesaria ninguna cualificación para ser detenido. Las redadas se producían en cualquier lugar: se llevaban a todo el mundo, sin derogación posible. El único criterio era ser humano".

Algo que también está entre líneas aquí es la posición en la sociedad de cada uno: ¿Quién es el fuerte? ¿Quién el débil? ¿Depende de dónde te toque? ¿De tu actitud? ¿O hay algo más?
¿Somos lo que somos en nosotros mismos, o si nos sacan de nuestro entorno, de nuestra zona de seguridad, no somos así?
De hecho, otro de los dilemas planteados es el voto cualitativo: ¿debe valer más el voto de alguien con más formación, o el de alguien que aporte más -dinero, actividad- al conjunto social, o el de alguien poderoso, o...?
¿Quién es el culpable de nuestro comportamiento ante una situación moralmente complicada? ¿El sistema "creador" o el individuo "creado"? "Nos comportamos así porque la sociedad, el mundo es así". Muchas veces ni nos planteamos que podríamos salirnos del redil y actuar, no como se supone que se actúa en este mundo, ni siquiera como marca (cada vez más estrictamente) la ley, sino como nuestra moral nos dice que deberíamos hacer.

"Presos" y "kapos" se enfrentan a algunas situaciones que plantean este dilema. Ante ellas, pueden agachar la cabeza y pasar desapercibidos, haciendo "lo mismo que los demás", tirar de egoísmo y que cada cual pelee su supervivencia (la ley del más fuerte) o comportarse solidariamente. Pero, ay, esa solidaridad... también puede ser interesada. Una cosa es la solidaridad así, en general "con los niños de África". Otra, la solidaridad con el vecino. Nos motiva más (o menos, depende de la relación entre ambas partes) ayudar a alguien con quien tenemos relación, echar un cable al vecino es menos etéreo que donar 5€ al mes a una ONG (solución mucho más fácil y cómoda, por otro lado) y que ellos se encarguen. ¿Es esa solidaridad, en cierto modo, interesada? ¿Si no conociéramos a esa persona, pero supiéramos de sus problemas, y estuviera en nuestra mano echar un cable, la ayudaríamos igualmente?
Si esa persona en apuros no es consciente de que podemos ayudarla, no nos ve ¿también lo haríamos?

Y, hablando de culpas y moral, no podía faltar el tema teológico... Como dice la autora: "Sería fácil ser Dios si el mal no existiera, pero entonces tampoco habría ninguna necesidad de Dios".

Tampoco podía faltar el tema amoroso, romántico. Hablando de amores, de relaciones humanas, de prisioneros y kapos... también podemos plantearnos, ante ciertos pasajes de esta lectura, preguntas acerca de la naturaleza de la naturaleza del "amor verdadero", sea lo que sea eso.
El amor, de alguna manera, también te convierte en prisionero. Las relaciones sentimentales, al menos la mayoría de las que mantenemos en la sociedad tal como está ahora mismo, llevan implícito un alto grado de posesividad. El amor mejora tu vida, incluso en ciertos casos le da sentido (¿el amor o la persona amada?), te da muchas cosas... Entre ellas, una estupenda ceguera.

He dejado para el final de este ladrillo (casi estoy escribiendo yo más que la propia autora, me parece que me he liado...) mi tema predilecto entre los que ha tratado: el poder de las palabras.
Cómo una palabra puede cambiarlo todo. La palabra elegida, la dicha o la omitida, el momento y el tono en que se diga... Nos condicionan, indudablemente.
Incluso las palabras pueden cambiar cómo nos sentimos, cómo nos relacionamos con nuestro entorno. El tuteo puede implicar confianza o desprecio. Al llamar a alguien de usted, puede que estemos expresándole respeto o temor.
Incluso nuestro propio nombre. Un amasijo de letras, de sonidos, que nos resumen, incluso nos definen. Lo sentimos como si fuera nuestro y, a la vez, cada individuo fuera ESA palabra. Cuando alguien la pronuncia, nos evoca. Cuando nos despojan de él, nos sentimos perdidos. Lo dice fantásticamente la autora, que para eso es La Nothomb: "Habitar unas sílabas que forman un todo es uno de los asuntos más relevantes de esta vida".

En fin: recomiendo enfáticamente la lectura de "Ácido sulfúrico", ya sea de la historia que cuenta (muy entretenida) o de los blancos del interlineado (brutales). Aquí he intentado no hacer ningún spoiler, aunque, como se ve, lo importante en este libro (como en tantos otros) para mí no ha sido el argumento en sí, sino lo que te hace leer. Aunque no esté escrito.


Hay que ver lo que me gusta complicarme. Con lo fácil que hubiera sido, simplemente, disfrutar con la breve lectura sobre un programa de televisión.

PD: Otra collejita a Anagrama por las erratas. En este aspecto, irónicamente, son incorregibles.

miércoles, 15 de enero de 2014

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero

Bajo este título podrían, fácilmente, estar varios relatos de humor. Pero nada más lejos: son 20 historias, 20 tristes historias reales, de pacientes con enfermedades neurológicas de todo tipo.
No es, por tanto, un libro de ficción. Tampoco es una lectura triste, ni dramática: el acertado enfoque que le da es optimista y hasta simpático en algunos casos. Simplemente son historiales médicos redactados de forma que cualquiera pueda comprenderlos e implicarse en ellos, como en un relato cualquiera.
Quizá yo los he leído con más interés no sólo porque el tema de siempre me ha atraído (las maravillas de nuestra mente, y hasta dónde puede conducirnos un ligero, milimétrico fallo), sino por los efectos a este nivel que han tenido en mí diversos tratamientos. Os aseguro que da mucho miedo, ya no sólo hasta dónde te puede llevar si evoluciona, sino "quedarte así", simplemente.

Me ha gustado el trato que les da el neurólogo - autor: con cariño, con respeto y ante todo con interés por buscar un tratamiento y que éste tenga las mínimas repercusiones posibles en el paciente (sí, se ve que existen...).

Resalto una cita de Nietzsche que menciona en una de estas historias, una que habla acerca de un paciente con síndrome de Tourette: "He atravesado varios géneros de salud y sigo atravesándolos. Y en cuanto a la enfermedad: ¿no nos sentimos casi tentados a preguntarnos si podríamos arreglárnoslas sin ella? Sólo el gran dolor libera de verdad el espíritu."

Pero la parte que más me ha gustado, por el delicado trato que le da, es la cuarta, la que dedica a lo que él llama "El mundo de los simples". Es decir: los "idiotas", "tontos" o "subnormales" para mucha (demasiada) gente.
A pesar de que el autor reconoce que en un principio le producían cierto rechazo (¿condicionamiento social?), tras tratar con ellos (que suele ser el tratamiento en la mayoría de los casos... no para los "simples", sino para quienes les considera, despectivamente, "subnormales") se dio cuenta de que, a pesar de sus limitaciones (¿quién no las tiene?), tenían áreas en las que podían aportar mucho. Muchísimo. Llegando a ser artistas en algunos casos.

martes, 31 de diciembre de 2013

FELIZ 2014

Termino 2013 triste, para qué lo voy a negar. 
Bueno, más que triste, melancólica, morriñosa perdida. Hace ya 1 año que no piso mi pueblo: Madrid. 


Pero, si nada se interpone, voy a empezar 2014 también esperanzada. Esperanzada por ese nuevo tratamiento que me puede permitir recuperar calidad de vida (no sé hasta qué punto), y, por tanto, facilitar un próximo viaje Despeñaperros arriba (como mínimo: a saber dónde marca esa mejoría el límite de cosas que puedo ser capaz de hacer).

Ha sido un año difícil para todos. Las cosas no están para mucha celebración, en general. Pero, a pesar de los pesares, yo puedo considerarme (aún) una afortunada. La salud (lo más importante, sobre todo el 22 de diciembre) no es la mejor, y eso arrastra todo lo demás.
Pero prefiero quedarme con que han sido meses de buenas lecturas y ratitos muy divertidos.
También termino el año con una buena carga de aprendizaje. No en todos los casos agradable, pero útil a fin de cuentas. Eso siempre es positivo: me dolió en 2013 pero me ayudará en 2014 y más allá.
Algunos compañeros de viaje se han bajado del carro durante este tiempo (a veces voluntariamente, a veces les he tenido que empujar), y otros se han subido. Espero que su parada esté aún lejos.
He tenido que cancelar muchos planes, y aplazar otros. Espero completar algunos durante los próximos meses.

A nuestro alrededor está cayendo una buena... Espero que escampe pronto, y que recuperemos esa fe que no hemos tenido más remedio que perder. No hay nada más triste que no tener esperanza. Así que deseo que todos tengamos motivos para recuperarla pronto. Y fuerzas para agarrarnos a las oportunidades que se nos presenten. Y buena suerte para que ayuden a mejorar nuestras vidas. (A quien aún no tenga y se lo pueda permitir, seguro que le puede ayudar a todo eso adoptar un gato o un perro ;) ).
Me permito dar desde aquí un consejo:
Intentad manteneros alejados de las envidias durante 2014, las propias y las ajenas. Son malas, dañinas, guarraspuercas y asquerosas.

¡¡FELIZ AÑO NUEVO!!




domingo, 29 de diciembre de 2013

Ombligos



Los hay más bonitos y más feos. Con el nudo escondidito o asomándose al mundo desde su "ventanita". Decorados con piercings o tatuajes, o al natural... Pero la mayor distinción, una que se puede averiguar sin necesidad de verle la barriga a la persona, es su tamaño: hay ombliguitos, y otros del tamaño de Canadá. Depende del tiempo que uno pase mirándoselo, hurgándoselo, erosionándolo (y perdiendo de vista tooooodo lo que haya alrededor).

Hasta hace poco, los humanos propietarios de esos inmensos ombligos me ponían bastante nerviosa, me cabreaban. Para qué voy a decir que no.
Pero últimamente me divierten. Creo que he empezado a verlos con otros ojos. En lugar de calentarme por el egocentrismo mostrado, lo miro más fríamente y con cierta perspectiva, y resulta francamente divertido. Incluso podría llegar a verlo como algo triste (no deja de ser triste una persona tan solita en el mundo). Pero prefiero divertirme.
Desde personas que sólo contemplan como válido su punto de vista en cualquier tema general, hasta otras que hablan de su vida y sus cotidianidades como si fueran las únicas en el planeta (es normal que para cada uno su cotidianidad sea la más importante, pero no hay que perder de vista que no es la única), pasando por los que, directamente, se ponen en modo drama queen y, con la que está cayendo a nuestro alrededor, se regodean en que... yo qué sé... que en la peluquería le hayan puesto las mechas 2 tonos más oscuras de lo que las pidieron, y hablan de ello durante días o semanas, enfáticamente. al borde de las lágrimas. Será que el ombligo les hace función paraguas. Tampoco está mal.
En esta categoría también los hay optimistas. Optimistas consigo mismos, como no podía ser de otra manera: son la rehostia, pero el mundo aún no se ha dado cuenta. Así que tienen que abrirle los ojos a base de darse autobombo, hacerse publicidad, para que los demás (pobrecitos despistados) se puedan dar cuenta, y apreciarles en lo que valen. Estos casos sí suelen hablar de personas que no son ellos mismos, de vez en cuando. En tono peyorativo, humillante y burlesco. Pero reconocen que hay más gente en el mundo. No tienen nada que hacer con ellos aquí en prácticamente ningún campo, pero estar, están.

En lugar de escribir un blog (como algunas :p ), una fascinante autobiografía, o letras de canciones como para 25 discos, la relación social con estas personas se centra, como el mundo en sí mismo, en ellas.

Todos tenemos rachas en que perdemos un poco de vista el entorno, es normal. Según las circunstancias, o simplemente cómo te pille el cuerpo.
En la adolescencia la mayoría tenemos una etapa ombliguera, es normal: te estás descubriendo, formando. Y te alucina. Incluso es pura necesidad de verbalizarlo para comprenderlo.
Pero cuando se cronifica y convierte en un (marcado) trazo de tu personalidad, por más que creas que por hablar de ti, de ti y después de ti te hace importante... en realidad lo que hace es dejarte en ridículo. A parte de cansar, generalmente.

En una conversación entre amigos es normal que le cuentes a tu interlocutor tus cosas, tus preocupaciones, lo que has hecho o dejado de hacer... El problema viene cuando, de forma habitual, esa conversación se perpetúa en el yo-mi-me-conmigo y termina, invariablemente, sin que hayas dado lugar a que la otra persona te cuente las suyas.

Hace un tiempo saqué de mi vida a algunas personas con el ombligo grandote. Lo hice ante el hastío que me provocaban sus conversaciones y la mala leche por lo que consideraba una amistad unilateral. Me frustraba hablar con ellos (bueno, dejarles hablar de ellos mismos, sus desdichas y sus nunca suficientemente reconocidas virtudes) y no escuchar nunca un "y tú ¿qué tal?", ni siquiera por cortesía. Quizá por esa distancia que marqué ahora puedo divertirme cuando me cruzo con alguien con megaombligo.

martes, 17 de diciembre de 2013

Leo porque...

En algunos de los blogs que sigo se ha establecido, últimamente, la moda de publicar respuestas a este "cuestionario".
No suelo dar bola a estas cosas, pero en este caso haré una excepción: me ha parecido divertido e instructivo (he sacado varias ideas y conclusiones leyendo las respuestas de otros blogueros).
Como mi forma de administrarme la pila es bastante extravagante, más que "leo un libro porque" es "meto un libro en la cuenta atrás de mi pila porque", salvo excepciones de estado anímico o publicación reciente en castellano de algún Pratchett.
Si alguien más se anima, que me avise, que quiero seguir curioseando.
Leer un libro porque está de moda y, si todo el mundo lo lee, será por algo: 
Diré aquí la trilogía "Millenium". No lo compré yo, sino que fue el premio de un concurso. No me atraía mucho (suelo poner en cuarentena a los top ventas), e iba retrasando y retrasando su inclusión en la cuenta atrás. Un día me decidí (tras varias opiniones favorables de gente en cuyo criterio confío). Pero no... Aún tengo por leer el 3º.


Leer un libro porque es un clásico que no se puede dejar de leer:
Aquí hay muchos que puedo incluir. Pero voy a decir "Los 3 mosqueteros", de Dumas. Por lo mucho que me gustó, y porque me llevó a no parar hasta leer "20 años después" y "El vizconde de Bragelonne". De hecho, aunque no suelo releer (sería indecente, con la pila que tengo), no creo que tarden en volver a pasar por mis manos. 


Leer un libro porque alguien te dice "Como estás deprimido, te va a gustar esto":
Buf. Jejejeje... tosecillas nerviosas... Como soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, hace muchos años que no hago caso de estas recomendaciones...
A pesar de haber descubierto a mi autor favorito por este medio. En una etapa en que estaba hundida y llorosa, macabra perdida pensando todo el día en la muerte, alguien me regaló "Mort". Grandísimo acierto. 

Leer un libro porque le quieres dar otra oportunidad:
Sin duda, "El Hobbit". Me lo regalaron en mi 7º cumpleaños y no entendí ni el primer párrafo. Al juntarme después con algún que otro friki (puntualmente, no suelo rodearme de gente rara...), me insistieron y pensé que lo mismo no estaba tan mal...
No es que siga sin entenderlo, pero no me gustó. Y la película, menos aún. 

Leer un libro porque es fácil:
Aquí sí ha habido algún "salto de pila". En algunos momentos en que tenía la cabeza como una olla exprés, y el siguiente libro que me tocaba por orden de pila era espeso, he seleccionado algo de chick-lit o alguna recopilación de artículos ligeritos, mientras recargaba las pilas mentales para enfrentarme a algo con algo de contundencia. 

Leer un libro porque lo leen tus hijos:
Sustituiré aquí "hijos" por "hermana pequeña", para no dejarlo en blanco.
Se leyó, allá por el 2006, "La piedra de toque", y le gustó tanto que me lo recomendó y prestó. Y, la verdad, me gustó mucho. 

Leer un libro porque te lo regalan:
"Leonor de Aquitania". Una amiga hizo limpia de biblioteca, y me tocaron bastantes (¡gracias, Natalia!). Éste en concreto me gustó mucho, descubrí un personaje histórico al que no conocía y que me pareció muy interesante. 
Por lo general, cuando alguien me regala un libro, me pregunta antes o elige alguno de mi lista de deseos, así que no se puede considerar "espontáneo" si lo he elegido yo previamente...

Leer un libro porque te empeñas:
Cualquiera de Virginia Woolf. Aún así, tengo alguno a medias, porque me cuesta, me cuesta... 

Leer un libro para poder discutir con conocimiento de causa:
Creo que nunca he leído por este motivo.
Quizá podría incluir aquí la colección que estoy haciendo ahora, "Great Ideas". Pero están todos en pila, salvo las "Confesiones de un pecador". 

Leer un libro que te recomienda alguien que puede llegar a gustarte:
Hum... hace años, "La dama del alba". Otro acierto. 

Leer un libro porque es el favorito de tu pareja:
Aquí no puedo poner mucho... alguno de Ciencia Ficción quizá. Por ejemplo "Crímenes bestiales", pero no se puede decir que sea su favorito. No coincidimos mucho en este aspecto.

En general, no elijo los libros en función de estas cuestiones, pero alguno ha caído así, como yo misma he podido recordar rellenando este cuestionario. 
Ha estado bien.