jueves, 20 de marzo de 2014

Sobre el amor y la muerte - Émile Zola

Descriptivo título para esta colección de relatos sobre estos temas.

Dividido en dos partes, una para cada temática, las historias incluidas están ordenadas según el poder adquisitivo de sus protagonistas. Incluyen noviazgos, bodas, matrimonios, agonías y funerales...

Desde luego, no es temática alegre, pero más dramáticas que la temática son las conclusiones: yo aún no llego a tener claro si es mejor vivir estos sucesos siendo muy rico o siendo muy pobre...
Realmente no hace tanto tiempo de esa sociedad que aquí se describe, de las bodas "para unir apellidos", "por la dote" o "por amor" (las menos); de las agonías y funerales en soledad porque los herederos están repartiéndose el botín o porque la familia está buscando la manera de pagarte un médico o de sobrevivir, al menos ellos, consiguiendo algo para comer.

No sólo está colocado el amor en primer lugar porque va, cronológicamente, antes que la muerte. También para contrastar el efecto de las decisiones tomadas en ese aspecto sobre cómo se desarrolla y termina una vida. Quién estará a tu lado (si es que está), cómo y por qué. Si ese final resulta trágico o, por el contrario, un alivio (para quien finaliza o para quien se queda).

Resumiendo: a través de breves relatos con una temática común, hace una crítica social dura, que puede servir, a quien quiera, para tomar nota e intentar hacer las cosas bien en lo referente a su vida.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Los 10 mandamientos para compartir el planeta con los animales que amamos

Una lectura dura, muy dura. Pero absolutamente necesaria.
Tanto, que creo que lo que en este libro se dice debería ser materia escolar obligatoria, con este libro como lectura recomendada.

Y es que somos unos puñeteros bestias, unos descerebrados, por mucho que vayamos de "animales superiores más evolucionados". 
Anda ya.

¿Qué pensarías de alguien que distribuye por su casa un par de periódicos deshojados y pringados con gasolina y, una vez ve su "obra de arte" se fuma un cigarrito delante para celebrar lo bonita que le ha quedado?
Pues eso es lo que estamos haciendo. Todos. Día tras día.
Unos más, otros menos. Pero lo estamos haciendo.

Cuando nos hablan de estos temas, la mayoría pensamos en exageraciones, en activistas obsesionados, incluso en gente que se está lucrando con ello. Y quizá algo de eso haya, no lo descarto. Pero también hay datos. Datos aterradores. Esta misma semana salía la noticia de que Stephen Hawking ha dado la voz de alarma: los recursos de la Tierra, oh sorpresa, son finitos. Y nosotros somos cada vez más, y cada vez menos cuidadosos.
Y no queremos ver.
Esto no es una profecía, no es imaginario. Es absolutamente real. Pero no queremos verlo. Al igual que no queremos leer libros como éste (reconozco que me costó seguir tras algunos pasajes que describían barbaridades especialmente duras). Barbaridades que, si no cometemos directamente, sí lo hacemos de forma indirecta el 99'9% apoyando con nuestro consumo a las industrias que los cometen.
Industrias que se han hecho propietarias del planeta de todos. No sólo de todos los humanos, sino de todos sus habitantes: animales no humanos y plantas incluidos.
Y que están ganando dinero a espuertas. Porque son muy listas. Pero no tanto como para darse cuenta de que ese dinero que están ganando no van a tener tiempo de gastarlo las (sus) generaciones venideras, porque no va a haber dónde.

Ahora estamos de lo más "entretenidos" con la crisis actual, con la política, con las leyes injustas, con los recortes... Pero todo esto nos está distrayendo de lo realmente importante.

Como dice este libro, cada uno, con nuestro granito de arena, podemos hacer. Y muchos poquitos hacen un muchísimo. En política, y en intentar que este planeta siga siendo habitable.
Y estamos obligados a hacerlo. Sobre todo los que están procreando (a los que no vamos a dejar descendencia... nos pillará algo, pero no la hecatombe, al menos eso espero... Pero quien tiene hijos, supongo que deseará que puedan tener un ciclo vital medianamente digno, con algo de esperanza). No sólo porque hemos sido nosotros los responsables de que se esté rompiendo. Sino porque, si queremos que haya un par de generaciones de humanos (y otras especies) más, hay que ponerse manos a la obra YA.

No es activismo, es instinto de supervivencia.

Eso, egoístamente.
Pero es que, además, no tenemos ningún derecho a disponer y torturar vidas ajenas. Ni de otros humanos, ni de ningún animal ni planta. Pero eso no nos entra en la cabeza, de puro superiores que somos. Nos hemos creído los dueños, los únicos con derechos. Y así nos va.

O cambiamos la actitud, o nos vamos a la mierda.
Allá nosotros.
La pena es que haya especies que estén pagando que, hasta ahora, esa decisión la hayamos tomado incorrectamente.



Cambiando un poquito de tema, un fallo grande que le he encontrado a la edición es que no está editado (o al menos no lo especifica) en papel reciclado / ecológico.
Se debería haber cuidado este "detalle".

lunes, 10 de febrero de 2014

Goya 2014

Esta noche he dormido poco y mal. Entre mi tocaya ciclogenética y el cabreo, la vergüenza ajena que sentía... No conciliaba. Y cuando lo conseguí, fue por poco tiempo.
Y me explico:
Anoche, como siempre que puedo, vi la retransmisión de la Gala de los Goya.

Eso sí: anoche la cogí ya empezada, por motivos que no vienen al caso (esta semana intentaré ver lo que me perdí). Conecté casi justo para ver el premio que entregaba la estupendísima Silvia Abascal. Y me enganché. Aunque este año me daba algo de perecita porque, para ser sincera, Manel Fuentes... no es mi debilidad, precisamente. Dejémoslo ahí.

Como otros años, lo que vi de Gala me gustó, por lo general, con partes salvables, como con todo. No olvidemos que es una entrega de premios que dura unas 3 horas. Difícil que en algún momento no haya tedio.
Hubo momentos emocionantes, momentos con los que me partí de risa, momentos reivindicativos (impagable la de Mariano Barroso, Goya al mejor guión adaptado por "Todas las mujeres" -que tendré que ver-): "Si el Ministro de Defensa no hubiera ido al desfile de las Fuerzas Armadas, su jefe le despediría al día siguiente. Pero parece que este jefe no manda mucho...") y momentos algo bochornosos, también, sí.

Ciertamente, muchos años la Gala ha sido un desfile de reivindicaciones políticas, pero este año se han cortado bastante. A pesar de todo por lo que hay que protestar, y todo por lo que este sector tiene derecho a quejarse (la ausencia del Ministro, lo más bochornoso de la noche). Quizá no sea el momento ni el lugar, pero es un altavoz estupendo. No me gusta que se politice un acto cultural, pero entiendo las reivindicaciones y estoy de acuerdo con la mayoría de ellas. Y no me molesta que se mencionen en la Gala, pero sí que sean las protagonistas.

La vergüenza ajena de la que hablaba antes vino después de la Gala, al leer los comentarios en Twitter, esa red que sirve (cada día más) de altavoz de la amargura.
Y yo que la consulto para estar al día...
La mayoría de los comentarios eran críticas, ensañamiento, un intento de ser gracioso echando abajo el trabajo de los organizadores, los actores, las películas... Pero ¿alguno de esos "críticos espontáneos" ha visto alguna de esas películas? ¿Alguno sería capaz de hacer, según su criterio, un buen videoclip, un buen guión, una buena representación, de organizar una gala medianamente aceptable?
Menos patriotismo y más chovinismo. Muchos de los que comentaban (me llegaban vía retweet en buena parte) han hecho frecuentemente comentarios patrióticos. ¿Y el cine español? Que, a pesar de la fama que le hemos creado, sí, tiene mucho truño, pero también muy buenas películas y muy buenos profesionales (es simplemente saber elegir qué ves, y si llevas una base previa sabes el trabajo de quién te va a gustar más y el de quién menos). Y es una noche de celebración de los mejores en ese trabajo (aunque muchos buenos, según mi criterio, quedaron fuera, y alguno no tan bueno se coló).
Por cierto, si tanto odian el cine español, si tan bodrio les parece... ¿qué hacen un domingo por la noche, durante más de 3 horas, pegados a la tele? ¿Les va la marcha, o qué?

¿Alguien se imagina que la mayoría de los franceses, al día siguiente de los César, o la mayoría de norteamericanos, en la jornada de resaca de los Óscar se dedicaran a echarlos abajo, a criticarlos (sin base en buena medida), y a casi nadie gustaran?

En general, aparte del erróneo concepto que tenemos de que tachar todo de malo nos da como superioridad, los españoles tenemos un gran problema. Y es un problema que, en momentos críticos como el actual, nos lastra enormemente. Vemos lo extranjero (lo americano, especialmente) como si viniera de los mismos dioses del Olimpo, adoramos hasta lo que es basura (cuánta más taquilla no han hecho auténticos bodrios de Hollywood que muchas buenas películas españolas. Lo mismo pasa con escritores, pintores y, en general, salvo casos aislados, buena parte de la Cultura). Pero lo nuestro lo rechazamos de primeras. Si la peli es española, es mala. Si nos intentan vender algo con nombre español, recelamos... nos inclinamos más por algo firmado en inglés. Qué triste. Cuánto cateto suelto.

martes, 4 de febrero de 2014

Arrugas

Quiso la casualidad que empezara la lectura de este cómic, al que tenía ganas hace tiempo, justo el día que emitían la película que se hizo basándose en él. En la 2, si no me equivoco.
Ahora también tengo pendiente la película. No sé cómo la habrán enfocado, si habrá sido muy fielmente o con un tono dramático más acusado. Espero que no me defraude.

El sabor que me ha dejado esta lectura es agridulce. Agrio por, evidentemente, la dura realidad que relata. Que sigue ocurriendo. Y que, sólo quizá, nos llegue a alguno. Dulce por el cariño y hasta humor tierno con el que está tratado un tema tan duro.
Es lo que más ha llamado mi atención en esta lectura: el trato que da el autor a algo que los demás vemos como dramático. Quizá sea porque lo escribió desde el cariño. Según declara, lo escribió por sus padres.
Se dio cuenta, durante un encargo laboral, de que los ancianos eran borrados, eliminados, invisibles pero porque no se les quiere ver. Algo parecido a lo que sucede con los discapacitados.

No dejaba de recordar, durante la lectura, esa frase de Terry Pratchett que dice que "Dentro de cada anciano hay un joven preguntándose qué demonios ha pasado".
Todos (al menos, los supervivientes) envejecemos. Y maduramos. Pero, a medida que el envejecimiento va avanzando, la maduración se va atascando: una vez hemos formado lo que somos, lo que pensamos, lo que creemos... se estabiliza dentro de nosotros y nos define. Y así seguimos, por regla general. Con algún cambio sutil, pero poco determinante. Sin embargo, el envoltorio sí va envejeciendo, perdiendo agilidad, elasticidad, ganando en achaques... En ese envoltorio está incluido el cerebro. Es algo así como que lo que somos es nuestra "alma" (o como quiera llamarlo cada quien) y el cuerpo, con cerebro incluido, es nuestra forma, simplemente. Almacena nuestros recuerdos, como cicatrices en los brazos o como el vídeo de nuestro 9º cumpleaños en un CD. Y cuando llegan los achaques al "disco duro"... Empiezan las contradicciones más fuertes entre ambas partes.

En el caso de ese monstruo, el Alzheimer, al que (creo) todos tememos, o de cualquier tipo de demencia senil, la realidad adquiere un tinte muy negro. Para quien lo padece (¡qué miedo, qué desconcierto se debe sentir!) y para su entorno. Y ahí entran las residencias.
Hace mucho tiempo trabajé en una. De lujo, se suponía. Y lo que vi fue terrible. Nunca había comprendido la negativa de irse a una residencia llegada una edad: facilitan tu vida y la de los tuyos, te dan cuidados físicos (neurología, rehabilitación, enfermería...). Pero no tenía en cuenta que no deja de ser un negocio. Que cuanta menos guerra den "los abuelitos", menor inversión. Que, si los familiares que los visitan (si es que los visitan) les ven tranquilos, piensan que están bien cuidados. No que están hasta arriba de Orfidal.
De aquella época recuerdo con especial cariño a Doña Aleida. Una abuelita dulce, siempre sonriente, siempre bien arregladita, cuya única obsesión era enterarse la primera del menú del día. Tenía pinta de haber sido una mujer culta, inquieta. Y todo se redujo a enterarse la primera del menú del día, cada día. Qué terror, ¿no?

Como en todos los campos científicos, la geriatría y la neurología avanzan a pasos agigantados (en los países que invierten en I+D). Espero que pronto den con la solución para esta enfermedad, para quien la quiera. No dejo de pensar que, en algunos casos, el Alzheimer debe ser hasta bueno: recordar la infancia, la juventud, la parte buena de la vida... Y no ser consciente de que has tenido hijos que no van a verte, o de todo lo malo que te ha ido sucediendo en los últimos años. Ni siquiera ser consciente de que estás en una residencia. No dudo que habrá algún caso que quiera que le dejen ahí, calentito.

martes, 21 de enero de 2014

Opiniones

Todos sabemos eso de que "son como los culos": todo el mundo tiene una, y cree que es la más importante.
Hace tiempo que quiero escribir sobre este tema (para desfogarme, para plasmarlo en palabras y así intentar comprenderlo mejor, como siempre), y últimamente cada vez más, pero antes de hablar de esto, quería comentar el tema de los ombligos, que llevaba barruntando hace tiempo también, y está bastante relacionado.

A pesar de la supuesta libertad de expresión y opinión, no siempre se respeta el derecho a opinar y argumentar. Y no hablo de la ley, sino del día a día. Es algo que llevo observando bastante tiempo. No sólo públicamente (en el Congreso, en la televisión, en tertulias de radio...) sino entre "particulares", en conversaciones de temas calientes con amigos, en foros de opinión, incluso en blogs o páginas de noticias que admiten comentarios.
Últimamente esto se ha hecho más patente: la actualidad, especialmente política, lo pone en bandeja. Uno de los temas que más ampichas está levantando es la nueva ley del aborto que pretenden aprobar.
En un blog que hablaba acerca de ello, he llegado a leer un comentario en el que a alguien, por decir que estaba en contra del aborto, se le ha llamado de fascista en adelante. Incluso he leído, a personas de una u otra idea, decir a quien pensaba de la forma "contraria" que gente así no debería existir, y deberían morir. Lo peor es que me ha dado la sensación de que REALMENTE desean esas muertes. O, al menos, si no tanto, sí que les gustaría que no existiesen personas que piensen de esa "otra" manera.
A este respecto recuerdo que, al leer un comentario sobre este tema, se me alzó una ceja... Alguien que se autoproclamaba "provida" decía que todas las que iban a abortar deberían morir en la operación. Aún no lo he digerido, creo que hay algo que no entendí.

Hasta tal punto llega nuestro fanatismo (y hablo en segunda persona del plural porque también hay temas con los que yo me obceco), que llegamos a la maldad: he escuchado algunos comentarios sobre el cáncer de Pedro Zerolo o los que, en su día, provocaron el accidente de Cristina Cifuentes o el accidentado vuelo en helicóptero de Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy que me han hecho sentir vergüenza ajena, por decirlo suavemente. Alegrarse de algo así, sólo porque le ha ocurrido a alguien que tiene una ideología diferente a la tuya, lo siento, pero es maldad. No es de recibo. Desea que se retiren de la política, que se dediquen a otra cosa... Pero no un cáncer o la muerte. No. Eso es cruzar un límite muy chungo.

Pero esto no sólo ocurre hablando del aborto: cualquier tema que levante pasiones (religión, temas políticos, incluso fútbol...) puede hacernos decir auténticas barbaridades, que no sé si expresan lo que realmente sentimos o pensamos, o son fruto del calentón del momento. Espero, de corazón, que sea esto último.

Esta "censura" llega hasta el punto de que si, en una conversación de cualquiera de estos temas entre amigos, se da el caso, por ejemplo, de que estás de acuerdo con lo que ha dicho un personaje público, pero la mayoría no... Es mejor que te calles mientras todos le ponen a parir, salvo que quieras ser lapidado, incluso perder amistades. ¿Estamos tontos o qué?

Hay algo que me reconcome especialmente, y está basado en mi experiencia personal. Espero que se deba sólo a que he tenido mala suerte, y no sea lo habitual. Salvo algún "extraviao", por lo general, los defensores de la libertad de una mujer a la hora de decidir un aborto son los defensores de las libertades en general. La de opinión incluida. Pero se ve que no.  Al menos, insisto, según mi experiencia.
En algunas conversaciones en las que he participado, o que simplemente he podido presenciar, sobre algún tema espinoso, en las que había tanto defensores como detractores de un determinado punto de vista, los más intransigentes eran los "liberales". También se da el caso de personas conservadoras con esta cerrazón, pero me llama mucho más la atención de alguien que se define como liberal. Incluso, cerca de mí hay gente con esta orientación ideológica que no se relaciona con X persona porque "son cerriles" (vamos, que no se han dejado convencer de su punto de vista), incluso "son unos fachas" (traducción: tienen una forma de ver las cosas más conservadora). Ellos pierden. Sobre todo, por esa negativa a no sólo respetar, sino estar abiertos a que cierta forma de ver o hacer las cosas no sólo es posible, sino en algunos casos quizá sea más efectiva que la que ellos propondrían.

Por lo general, me gusta presenciar, incluso participar, en discusiones respetuosas sobre temas "calientes": en ellas se aprende mucho, sobre todo si participan personas bien informadas del tema que se trate. Además, me ayudan a formar mi propia opinión respecto a algunos temas (tengo un buen cacao ideológico: no me siento "liberal" ni "conservadora". En algunos casos creo que unos tienen razón, y en otros creo que lo que dice la otra parte se acerca más a lo que yo pienso). Pero pocas veces tengo esta oportunidad. Enseguida salen los "facha", los "rojo"... y en ese momento me doy por vencida: no voy a tener la oportunidad de escuchar puntos de vista razonados e interesantes (esté de acuerdo con ellos o no).

jueves, 16 de enero de 2014

Ácido sulfúrico

Nueva sacudida. Salvo con "Biografía del hambre", en distintos grados cada libro que he leído de Nothomb ha sido un zarandeo mental.

Éste no es el primero en el que, con la excusa de una historia aparentemente lineal, toca temas de lo más variopintos, la mayoría de ellos, de los que nos afectan de cerca al
común de los mortales. 
Algo así como Carmen Martín-Gaite pero a lo bruto.

De hecho, en "Ácido sulfúrico" se explaya.
La historia en sí habla de "Concentración", un reality-show bastante radical, con unos límites demasiado amplios. Recrea un campo de trabajos forzados nazi. Para que resulte más creíble, los "concursantes" no lo son voluntariamente. Y las penas de muerte son reales. Los vigilantes, llamados aquí kapos, sí están allí voluntariamente.
Es el experimento de Milgram llevado a televisión.
No hay duda de que el poder emborracha. Nos hace sentirnos superiores. Un humano superior a otro. Un humano "vale más" que otro. Qué estupidez ¿verdad?
Como no podía ser de otra manera, bate récords de audiencia.

Incluso los espectadores tienen aquí un papel. No únicamente pasivo, que ya de por sí plantea un dilema moral: ¿ver este programa? ¿colaborar aumentando su audiencia? ¿ser capaz, incluso, de disfrutar viéndolo?
Así que, ¿quién es más responsable moralmente de la existencia y del éxito de este programa? ¿Los espectadores por verlo? ¿Los organizadores por idearlo y producirlo? ¿Los que participan voluntariamente como kapos, cámaras o realizadores? ¿El Gobierno por permitirlo?
Obviamente hace referencia exagerada a los realitys tipo Gran Hermano, incluso a ciertos programas "rosas". ¿Quién es el culpable del éxito de estos programas? ¿Quién el responsable moral último? ¿Quizá "la mayoría silenciosa" que no hace nada por impedir que ocurra, que, aunque horrorizada por lo que ve, se sienta delante de la tele?

Pero en estas no llega a 200 páginas la autora toca, también, otros temas peliagudos. Buena parte de ellos relacionados con "la culpa". ¿De quién es?

A pesar de datar de 2005, las referencias a la crisis económica, política y, según algunos, también de valores que nos está azotando actualmente está omnipresente en este libro. O quizá es que yo lo he querido ver así, estoy condicionada.
Las palabras con las que empieza han traído a mi mente esta situación, en concreto me han hecho pensar en la polémica Ley Mordaza:
"Llegó el momento en que el sufrimiento de los demás ya no les bastó: tuvieron que convertirlo en espectáculo.
No era necesaria ninguna cualificación para ser detenido. Las redadas se producían en cualquier lugar: se llevaban a todo el mundo, sin derogación posible. El único criterio era ser humano".

Algo que también está entre líneas aquí es la posición en la sociedad de cada uno: ¿Quién es el fuerte? ¿Quién el débil? ¿Depende de dónde te toque? ¿De tu actitud? ¿O hay algo más?
¿Somos lo que somos en nosotros mismos, o si nos sacan de nuestro entorno, de nuestra zona de seguridad, no somos así?
De hecho, otro de los dilemas planteados es el voto cualitativo: ¿debe valer más el voto de alguien con más formación, o el de alguien que aporte más -dinero, actividad- al conjunto social, o el de alguien poderoso, o...?
¿Quién es el culpable de nuestro comportamiento ante una situación moralmente complicada? ¿El sistema "creador" o el individuo "creado"? "Nos comportamos así porque la sociedad, el mundo es así". Muchas veces ni nos planteamos que podríamos salirnos del redil y actuar, no como se supone que se actúa en este mundo, ni siquiera como marca (cada vez más estrictamente) la ley, sino como nuestra moral nos dice que deberíamos hacer.

"Presos" y "kapos" se enfrentan a algunas situaciones que plantean este dilema. Ante ellas, pueden agachar la cabeza y pasar desapercibidos, haciendo "lo mismo que los demás", tirar de egoísmo y que cada cual pelee su supervivencia (la ley del más fuerte) o comportarse solidariamente. Pero, ay, esa solidaridad... también puede ser interesada. Una cosa es la solidaridad así, en general "con los niños de África". Otra, la solidaridad con el vecino. Nos motiva más (o menos, depende de la relación entre ambas partes) ayudar a alguien con quien tenemos relación, echar un cable al vecino es menos etéreo que donar 5€ al mes a una ONG (solución mucho más fácil y cómoda, por otro lado) y que ellos se encarguen. ¿Es esa solidaridad, en cierto modo, interesada? ¿Si no conociéramos a esa persona, pero supiéramos de sus problemas, y estuviera en nuestra mano echar un cable, la ayudaríamos igualmente?
Si esa persona en apuros no es consciente de que podemos ayudarla, no nos ve ¿también lo haríamos?

Y, hablando de culpas y moral, no podía faltar el tema teológico... Como dice la autora: "Sería fácil ser Dios si el mal no existiera, pero entonces tampoco habría ninguna necesidad de Dios".

Tampoco podía faltar el tema amoroso, romántico. Hablando de amores, de relaciones humanas, de prisioneros y kapos... también podemos plantearnos, ante ciertos pasajes de esta lectura, preguntas acerca de la naturaleza de la naturaleza del "amor verdadero", sea lo que sea eso.
El amor, de alguna manera, también te convierte en prisionero. Las relaciones sentimentales, al menos la mayoría de las que mantenemos en la sociedad tal como está ahora mismo, llevan implícito un alto grado de posesividad. El amor mejora tu vida, incluso en ciertos casos le da sentido (¿el amor o la persona amada?), te da muchas cosas... Entre ellas, una estupenda ceguera.

He dejado para el final de este ladrillo (casi estoy escribiendo yo más que la propia autora, me parece que me he liado...) mi tema predilecto entre los que ha tratado: el poder de las palabras.
Cómo una palabra puede cambiarlo todo. La palabra elegida, la dicha o la omitida, el momento y el tono en que se diga... Nos condicionan, indudablemente.
Incluso las palabras pueden cambiar cómo nos sentimos, cómo nos relacionamos con nuestro entorno. El tuteo puede implicar confianza o desprecio. Al llamar a alguien de usted, puede que estemos expresándole respeto o temor.
Incluso nuestro propio nombre. Un amasijo de letras, de sonidos, que nos resumen, incluso nos definen. Lo sentimos como si fuera nuestro y, a la vez, cada individuo fuera ESA palabra. Cuando alguien la pronuncia, nos evoca. Cuando nos despojan de él, nos sentimos perdidos. Lo dice fantásticamente la autora, que para eso es La Nothomb: "Habitar unas sílabas que forman un todo es uno de los asuntos más relevantes de esta vida".

En fin: recomiendo enfáticamente la lectura de "Ácido sulfúrico", ya sea de la historia que cuenta (muy entretenida) o de los blancos del interlineado (brutales). Aquí he intentado no hacer ningún spoiler, aunque, como se ve, lo importante en este libro (como en tantos otros) para mí no ha sido el argumento en sí, sino lo que te hace leer. Aunque no esté escrito.


Hay que ver lo que me gusta complicarme. Con lo fácil que hubiera sido, simplemente, disfrutar con la breve lectura sobre un programa de televisión.

PD: Otra collejita a Anagrama por las erratas. En este aspecto, irónicamente, son incorregibles.

miércoles, 15 de enero de 2014

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero

Bajo este título podrían, fácilmente, estar varios relatos de humor. Pero nada más lejos: son 20 historias, 20 tristes historias reales, de pacientes con enfermedades neurológicas de todo tipo.
No es, por tanto, un libro de ficción. Tampoco es una lectura triste, ni dramática: el acertado enfoque que le da es optimista y hasta simpático en algunos casos. Simplemente son historiales médicos redactados de forma que cualquiera pueda comprenderlos e implicarse en ellos, como en un relato cualquiera.
Quizá yo los he leído con más interés no sólo porque el tema de siempre me ha atraído (las maravillas de nuestra mente, y hasta dónde puede conducirnos un ligero, milimétrico fallo), sino por los efectos a este nivel que han tenido en mí diversos tratamientos. Os aseguro que da mucho miedo, ya no sólo hasta dónde te puede llevar si evoluciona, sino "quedarte así", simplemente.

Me ha gustado el trato que les da el neurólogo - autor: con cariño, con respeto y ante todo con interés por buscar un tratamiento y que éste tenga las mínimas repercusiones posibles en el paciente (sí, se ve que existen...).

Resalto una cita de Nietzsche que menciona en una de estas historias, una que habla acerca de un paciente con síndrome de Tourette: "He atravesado varios géneros de salud y sigo atravesándolos. Y en cuanto a la enfermedad: ¿no nos sentimos casi tentados a preguntarnos si podríamos arreglárnoslas sin ella? Sólo el gran dolor libera de verdad el espíritu."

Pero la parte que más me ha gustado, por el delicado trato que le da, es la cuarta, la que dedica a lo que él llama "El mundo de los simples". Es decir: los "idiotas", "tontos" o "subnormales" para mucha (demasiada) gente.
A pesar de que el autor reconoce que en un principio le producían cierto rechazo (¿condicionamiento social?), tras tratar con ellos (que suele ser el tratamiento en la mayoría de los casos... no para los "simples", sino para quienes les considera, despectivamente, "subnormales") se dio cuenta de que, a pesar de sus limitaciones (¿quién no las tiene?), tenían áreas en las que podían aportar mucho. Muchísimo. Llegando a ser artistas en algunos casos.