martes, 30 de abril de 2013

Novecento

Maravilloso monólogo teatral (aunque el autor prefiere considerarlo novela corta, pero está descrito para ser representado, de forma muy visual) sobre un pianista fuera de lo común, con una biografía poco típica también (por decirlo suavemente).

Está narrada por su mejor amigo, como espectáculo para el público compuesto por los pasajeros de un barco.
Les habla de lo que era el Virginian, otro barco que, en la época de entreguerras, iba varias veces al año de Europa a América y viceversa. Les cuenta lo que allí ocurría y cómo "apareció" allí un bebé un día de enero de 1.901, encima del piano de la sala de fiestas de primera clase.

Es increíble cómo Baricco describe la música: cómo suena, qué hace sentir, qué punto del alma toca cada nota. El don de este hombre para la narrativa no deja de maravillarme en cada libro suyo que leo.

Volviendo a la música, es difícil no leer este libro con una buena BSO, te lo pide el cuerpo.
De entre los discos que tenía disponibles, empecé poniendo uno de clásicos Disney a ritmo de Jazz, Everybody Wants to Be a Cat (genial disco, por cierto). Pero luego cambié. Esta lectura hablaba de maestría, de don especial, de magia al piano... Así que me vi obligada a poner Juntos para siempre: Chucho Valdés en directo me hace sentir esa magia, esa vibración de la que habla el autor aquí.

Según la contraportada, hay película sobre este libro, "La leyenda del pianista en el océano". Habrá que verla, aunque dudo que pueda transmitir la maravilla del texto y de la música que éste describe.

domingo, 28 de abril de 2013

Círculos de tiza

Ésta debe ser la semana de "descubrir nuevas formas de relatar una biografía".
Que no es que no me sonara, al menos en este caso. Pero no es lo habitual, a pesar de que el resultado es bueno en la mayoría de los casos.

Tal como en "Ensayo de comedia" lo hacía en forma de esbozo de obra teatral, en "Círculos de tiza" se narra la biografía del protagonista de forma epistolar.


En ambos casos, el resultado es que, una buena historia que hubiera podido ser algo cargante si se hubiera expresado de forma novelada, resulta amena de leer.

Como digo, la historia en sí es bonita, es una biografía interesante, aunque en algunos puntos quizá un poquito - demasiado fantasiosa.
Al expresarla hacia una persona con la que el narrador tiene confianza, hacia la que siente afecto, se destacan aspectos más íntimos que si, simplemente, se narrara, por ejemplo, cronológicamente: resultaría mucho más frío.

La relación entre las personas que se cartean no queda clara hasta el final, lo que da cierto punto intrigante. También hacia el final la persona destinataria de estas cartas cobra protagonismo: durante casi todo el libro se mantiene en un segundo plano, como digo, algo misterioso.

La narrativa es bastante simple, pero no sé si se debe a que el autor no da para más, o a una estrategia para adaptarse a la persona que escribe. Tendré que leer alguna otra cosilla suya para comprobarlo.

viernes, 26 de abril de 2013

Sólo pienso en ti

En esta ocasión, sí: Genial descubrimiento. Tenía ganas de leer algo de esta autora, y estos cuadernillos ofrecen una buena oportunidad de cata. En este caso, la experiencia ha sido buenísima: estoy deseando leer algo más de ella.

El primer relato de este librito, "Querida amiga", me ha tocado de lleno. Es una carta escrita por una gallega a una consejera sentimental de televisión, en la que cuenta su historia. Una historia que me ha resultado especialmente familiar, quizá por eso me ha entusiasmado.
Pero, aunque no me hubiera sentido identificada, la forma en que está escrita no puede dejar indiferente, consigue que empatices con la protagonista de lleno, que te enfades ante las injusticias, que sufras por su impotencia ante las circunstancias.

El segundo, "Sólo pienso en ti", me ha resultado muy gracioso. Es una especie de "5 horas con Mario" muy resumido (en poco más de 10 páginas) y algo más picarón. Muy recomendable y simpático.

El tercero y último, "Ensayo de comedia", me ha gustado por la forma narrativa: resume una historia, en primera persona, como si se estuviera preparando para representación teatral. Ahorra así detalles superfluos, sólo cuenta con los más importantes y además de una forma tan visual que facilita la proyección mental de la supuesta obra, que no es más que la realidad de la protagonista.

Ahora mismo voy a buscar qué otros libros de la autora me apetecen, porque quiero seguirle la pista.

Estamos dentro


Bueno, no es lo mejor (ni de lejos) que he leído del autor, pero como novela de entretenimiento está bien.
Además, después de las últimas lecturas necesitaba algo así: fresco, despreocupado.

Habla de los entresijos de la televisión, de lo que lleva a una cadena a poner o quitar programas, lo que mueve lo que, después, llega a nuestras casas. Desde ese punto de vista, es interesante.

Lo que no me ha terminado de convencer es la historia en la que envuelve esa crítica informativa: historia romántica, familiar... De hecho, uno de los puntos que más me ha decepcionado ha sido lo cuadrado que está todo: se nota que cada frase, o cada aparición de un personaje no es casual, porque todo termina cuadrando al final. Eso le da un aspecto artificial a la trama, impide que te metas.

Por otra parte, con lo bien que escribe este hombre, la redacción en este caso no es para nada destacable, sino tirando a mediocre...

Vamos, esos son los puntos malos, que como siempre digo, si no saco lo malo, no soy yo.
Pero, como novela para entretenerse, como "lectura piscinera", está bastante bien.

martes, 23 de abril de 2013

La carretera

Resumen tras la lectura: Buffff.

No sé si recomendar su lectura o no, sinceramente.

Por una parte, es un libro muy, muy bueno. De los que, supongo, se convertirán en clásicos con el tiempo.

Por otra, su lectura es agobiante, consigue que te sientas realmente mal. En mi caso, ha conseguido incluso que tenga pesadillas y me ponga a gritar de madrugada. Hasta ese punto se mete en tu subconsciente. Supongo que también ha influido para esto la época en que nos encontramos, no tan apocalíptica como el libro pinta, pero desde luego, no es una situación que se vea muy lejana, o se pueda considerar de "ciencia ficción", por desgracia.

Hay que escribir muy, muy bien para transmitir al lector con esa intensidad semejante sensación de miedo, de soledad y aislamiento, de incertidumbre, de ahogo, de preocupación.

Al hojear el libro antes de leerlo, pensé que lo terminaría en un periquete: unas 200 páginas, con frecuentes pausas (marcadas con interlineado): hasta 3 por página.
Pero me ha costado 3 días, y porque me he empeñado en apurarlo para no volver a ver comprometido mi sueño (ni el de los demás, visto lo visto).

Pinta, como digo, un contexto apocalíptico, con algunos supervivientes. Pero en el que no sabes de quién puedes fiarte y de quién no, porque, como seres humanos, cuando la necesidad aprieta, somos capaces de las mayores atrocidades contra nuestros congéneres. Somos capaces de auténticas barbaridades cuando la necesidad no aprieta tanto, así que cuando nos vemos con el agua al cuello podemos transformarnos en auténticos monstruos.

Los protagonistas, padre e hijo, recorren kilómetros y kilómetros intentando sobrevivir, encontrar una esperanza, huyendo de los que puedan venir detrás con la misma necesidad (hambre, frío, enfermedad) que ellos, o con intenciones perversas aunque esas necesidades las tengan cubiertas.

Como en "Windows on the world" esa sensación se ve agudizada por la responsabilidad del padre y la indefensión del niño. No es lo mismo intentar sobrevivir junto a cualquier otra persona, por mucho que nos importe, que intentar sobrevivir y proteger a un hijo.
Debe ser durísimo plantearse (desde la mentalidad occidental actual) que has creado una vida que, muy probablemente, no llegue a mucho más que intentar durar un día más, sin más objetivos... O, lo que es peor: una vida que no sabes si será mejor que sobreviva o no... Además, no sabes cuánto estarás a su lado para protegerle... Es, digamos, la vida misma llevada a su extremo más dramático, si lo piensas bien.
Con ese pánico contrasta la ingenuidad infantil, la solidaridad innata, el despertar brusco y durísimo del niño.
Dos planteamientos opuestos obligados a convivir, pero que, en ese escenario, es muy difícil que se mezclen, que uno influya en el otro. Desgraciadamente, si una de las opciones predispone a la otra, será el pesimismo del padre en la ilusión del hijo, jamás a la inversa, dadas las dificultades a las que se enfrentan a lo largo del libro.

Por eso, como buen libro, lo recomiendo; sin embargo, como lectura con la que disfrutar, me resulta imposible hacerlo, al menos ahora mismo, con su lectura reciente en mi cabeza y en mi corazón.
Quizá con el tiempo lo vea de otra forma.

Y todo esto, teniendo en cuenta que ni tengo hijos ni instinto maternal ni nada que se le parezca. Supongo que esta lectura para un padre tiene que resultar tan dura, o incluso más, que la del monólogo de Luis del Val, "Los caballos cojos no trotan". Por cierto, de Luis del Val es el libro que he empezado ahora, bastante más optimista que este monólogo, una novela de distracción, menos mal: me hacía falta después de "La carretera".

Avisado queda quien quiera leerlo. 


Poniendo un toque algo más optimista, aprovecho que hoy es el Día del Libro (¡y de las secretarias! ¡qué bien que coincidan!) para desearos buenas lecturas, y buenas compras a quien lo haga.


domingo, 21 de abril de 2013

Con una sonrisa


Un buen amigo lo llama "hacer el payaso".

Muchas personas, especialmente en los últimos tiempos, destacan que siempre estoy sonriendo. "Parece que te encuentras mejor", "Te noto contenta".
Ni una ni otra, la mayor parte de las veces, por desgracia.

Pero tengo muy claro que el estado anímico es vital para llevar los problemas, el dolor, las preocupaciones... Por muchas y grandes que sean, siempre es posible sonreír. Pensado con frialdad, se puede tomar como un simple ejercicio muscular. Y ayuda. No sólo ayuda a sobrellevar o superar lo que sea, sino al ambiente a tu alrededor: si la gente te ve mustia, con cara de zapatilla o quejosa siempre, o se contagia (y te lo contagia a su vez a ti, por lo que el "mal rollo" se retroalimenta), o se van. Todos tenemos problemas, o penas, o dolores. Aguantar los del prójimo sobrecarga la mochila.
Así que, por los demás, y por nosotros mismos, es una buena opción mantener buen ánimo, por mucho que apriete el brote, por dolida que estés con alguien, por preocupada que te tenga lo que sea... Al menos es mi opción.
Es decir: cuanto peor me va, más me esfuerzo en sonreír. Para aliviar la situación.


Evidentemente, mientras discutes, o cuando tienes que asimilar algo duro, no es posible (o al menos no es nada fácil) poner buena cara. Pero cuando las aguas se calman, es buena idea para superar el obstáculo que se haya puesto en tu camino al buen ánimo real.


Una psicóloga me dijo una vez que tenía que sonreír aunque no me apeteciera. Que, como deberes, tenía que ponerme dos veces al día delante del espejo y sonreír, aunque fuera la sonrisa más falsa del mundo, aunque estuviera llorando mientras lo intentaba.


Y, después, a lo largo del día, repetir el gesto cada vez que me acordara, aunque por dentro estuviera hundida. Nunca le agradeceré suficientemente esa ayuda.
Porque ahora, años después, ese ejercicio que tanto me costaba llevar a cabo en su día, sale casi de forma automática.

La primavera es un momento difícil: el clima se vuelve loco (y la EA le sigue el ritmo), la astenia está al acecho y todo cuesta una barbaridad... Así que este ejercicio es, en momentos como éste, importantísimo. Me sienta como me sienta, me duela lo que me duela y cuanto me duela, sonrío. Como he dicho, "por mí y por mis compañeros, y por mí el primero".

Por ejemplo... todos tenemos días en que nos cruzamos con gente cabreada, estresada, amargada... En definitiva: con malas caras.
Si uno de esos días nos cruzamos con alguien que, sonriendo, nos da los buenos días, nos alegra el resto de la jornada ¿verdad? Y nos contagia con mayor fuerza que todos los que no lo han hecho.
Pues es una buena idea ponerlo en práctica: ser nosotros quienes, llevemos lo que llevemos por dentro, demos los buenos días con una sonrisa. El resultado no puede ser malo.
Y al que le moleste, que arree... 
Como si a los demás nos gustara su cara de acelga.


viernes, 19 de abril de 2013

Lo raro es vivir

Qué ganas tenía de releer esta maravilla. No suelo releer (con la pila que tengo, me da vergüenza), pero en este caso no pude contenerme. Es uno de mis libros favoritos desde hace años. Y no me arrepiento en absoluto de haberle dado otra vuelta.

Lo he disfrutado más que la primera vez que pasó por mis manos. De hecho, he visto que, en aquella época, aún tenía la fea costumbre de subrayar algunos pasajes. Y me ha resultado curioso ver qué era lo que me llamaba la atención en aquél momento: no tiene nada que ver con las partes que me han maravillado en esta ocasión.

Los libros de Carmen Martín Gaite siempre han sido mi debilidad, porque parece que te va dando sus preciosas historias como si fuera un dulce, con una cucharita. Y, sin que te des cuenta, cuando termina la narración, con esa misma cucharita te coge por dentro y te remueve entera.
No sabes cómo ha ocurrido, tú sólo has leído la historia de dos amigas que se reencuentran, o la de una mujer que se ve envuelta en varias situaciones difíciles tras la muerte de su madre. Nada más. No te ha dicho nada más de forma directa. Pero algo dentro de ti ha empezado a hervir, y la tapadera amenaza con saltar.

Y así tengo el cuerpo hoy: revolucionado. Anoche, tras terminar el libro, el caldito empezó a hervir, y mi mente está bullendo (para bien): dentro de una historia un poco inconexa, casi loca, he llegado a verme reflejada, he leído cosas que no ponía en el libro: la importancia de una pareja que te haga sentir protegida pero a la vez adore tu "alma" (o como se quiera llamar) y te ayude a pulirla y desarrollar las mejores partes; la necesidad de estar en paz con tu pasado, incluyendo los posibles conflictos familiares (aquí me he visto bastante reflejada... los padres de la prota se parecen tanto a los míos que hasta su padre habla y gesticula como el mío, su historia tiene cierta similitud con la mía); o que no debemos subestimar a los demás (ancianos, enfermos...) porque se dan cuenta de mucho más de lo que creemos.

Terminé el libro entre la angustia por la trama y la sonrisa por lo que me ha aportado. La sonrisa se ha ido ampliando, mi mente sigue dando vueltas y más vueltas, pero en el buen sentido: buscando saber, pensando qué cambiar y cómo... vamos, ayudando a la cucharita a dar vueltecitas dentro de mí, para que, cuando el caldo repose, saque algo en claro y me sirva para algo positivo.
Desaprovechar tanta luz hacia dentro tiene que ser pecado.